domingo, 29 de mayo de 2011

LOS IMPORTANTES

Conozco a mucha gente que suspira, piensa y siente sólo para ellos, como ensimismados en su propio mundo, un mundo inmenso para ellos, ridículo para los que lo rodean, más sabios porque tienen la habilidad de relativizar mejor los asuntos.



Los personajes que se creen importantes se creen el ombligo del mundo y están convencidos de que sus méritos o miserias son las únicas y auténticas protagonistas del universo.



Cuando alguien sólo piensa en sí mismo y de forma crónica se endiosa y sublima; y esto tan simple a veces es contagioso. Hasta cualquiera, aunque luego tiempo habrá de arrepentirse, potencia sus problemas, vacila con sus soluciones y dedica un buen tiempo en predicar monsergas al personal, advirtiendo que sus escuchantes, los que atienden al monólogo, están equivocados.



La vanidad es tan incontrolada que provoca, como un veneno, efectos tóxicos. Sin menospreciar la necesidad de la autoestima evocarla, es más, adorarla sin mesura conduce al aislamiento, a la distancia, al disimulo social.



Si nuestras cosas son importantes, si pensamos que nuestro mundo es único, los asuntos de los demás se nos escurrirán entre los dedos, devaluaremos los ajenos suspiros como elementos menores, sin mayor importancia, que no merecen su propio espacio aunque también tengan cosas que decir.



Si hablas para tí solo acabarás por convertirte en un autista voluntario. Si tu vida es un largo monólogo de una triste historia los demás se inventarán dos mil excusas ya no para compadecerte, sino para darte viento fresco.



viernes, 20 de mayo de 2011

SI TE INDIGNAS, REACCIONA

Después de enterrado para siempre el viejo "Manifiesto Comunista" de Marx y Engels, 153 años después un simple libreto de Stéphane Hessel, "INDIGNAOS", remueve, desde las cenizas adormecidas, un movimiento reivindicativo contra la democracia mentirosa. A mí del panfleto me gusta más el prólogo de José Luís Sampedro pero no quito méritos a su autor.




Democracia mentirosa porque el voto cada cuatro años no justifica ni la indecencia, ni la corrupción, ni la impunidad de muchos políticos electos que utilizan el poder no para resolver problemas, sino para perpetuarse en él.




Bajo el lema "Democracia Real ¡Ya!" multitudes de jóvenes se concentran y acampan en el kilómetro O de este país, en la Puerta del Sol. Los partidos dominantes, bipartidistas ellos, quieren pescar en río revuelto.




Los que gobiernan la nación testifican que es la crisis quien desencadena la indignación. Los que quieren gobernar dicen que no es el sistema, sino el Gobierno el culpable.




Habría que recordar a los primeros que ellos firmaron leyes y reformas laborales y de pensiones que minimizan las viejas conquistas y los sagrados derechos.




Habrá que recordar a los segundos que más allá del gobierno de turno, pues ellos harán y defenderán exactamente lo mismo, no son los gobiernos los culpables; esclavos ellos de los mercados financieros, sino el sistema.




Es el sistema capitalista, feroz y despiadado, quien se lleva por delante a las clases medias, quien hunde en la mierda a los pobres de siempre y quien le importa un pimiento las desgracias de los demás.




Es el sistema financiero y bancario quien se inventa ERES, quien saca de la chistera los contratos basura, quien prejubila a cincuentones con experiencia, y los que crean colas infinitas en las oficinas de empleo y se venden al mejor postor.




Una de las pancartas de entre otras muchas concentraciones decía: "Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir".




Los jóvenes necesitan esperanzas, de vivienda sin especulaciones, de trabajos remunerados y estables, de sanidad sin copagos y de acceso a la educación sin privatizaciones, todo para contárselo a sus hijos y a sus nietos si es que llegan vivos, sanos, y con pensión.




Nada más. Así que, en tanto los gobernantes de un lado y los aspirantes de otro lado dejen de hacerse los remolones, a seguir. Y a luchar.




lunes, 16 de mayo de 2011

EUFEMISMOS INFANTILES

Hay un dicho común que dice "al pan, pan y al vino, vino". Y esto es así cuando queremos hablar las cosas por su nombre, sin rodeos, sin tapujos, sin eufemismos. Cuando rozamos la barrera de invadir la sensibilidad ajena procuramos endulzar la noticia, minimizar el impacto, aderezar la tristeza.


Los cuentos infantiles tienen mucho que decir al respecto. Se inicia la historia, se presenta a los personajes, los buenos e inocentes, con los que el niño se identifica desde el principio, y los malos, a los que el niño no quiere ni ver. Toda trama se parece. El malo va a hacer algo que no conviene, algo terrible. El bueno tiene que salir airoso, pues mal cuento sería si no acabara bien. Al final todo se arregla y muchos se enamoraron, se casaron, comieron perdices y fueron felices.


Pero en la vida real, la de carne y hueso, parece que les contemos cuentos a los niños eternamente, cuando en la verdad cotidiana no todo acaba bien, y existe la enfermedad, la muerte, la mentira despiadada y la crueldad suprema.


Parece que a los más pequeños se les priva del sufrimiento argumentando que no existe. Se les protege en una urna de cristal, ¿hasta cuándo?


Al igual que se les transmite las cosas buenas con alegría habría también que contarles las cosas malas con tristeza. Sólo así aprenderán a sobrevivir. No se traumatiza a un niño por contarle la verdad, se le daña contarle historias que no son ciertas.


Lo que sí es siempre necesario es adaptar un lenguaje propicio para su entendimiento. Nada más. Así que las magias, las justas; las ilusiones, las necesarias; los ábrete sésamo, muy poquitas veces y los abracadabra son prescindibles.


Porque si no es así los infantiles seremos los adultos, y los niños, cuando sean adolescentes, nos preguntarán por qué dijimos tantas tonterías.


lunes, 9 de mayo de 2011

NO SÉ NADA

Cada vez entiendo menos cosas. Todo parece invertirse por momentos. Los malos de toda la vida parecen seres angelicales, los buenos de siempre, aquellos que idolatramos, parecen desvanecerse como espíritus en las tinieblas.


Obama, Premio Nobel de la Paz, confunde justicia con venganza. El asesinato legal de asesinos sigue siendo asesinato, por más que se camufle con terminologías democráticas y se justifique en nombre de una paz, o un nuevo imperio, tan sutil como venenoso.


La justicia no equivale a ajusticiar. Para eso me quedo con las viejas películas de Charles Bronson o las inmortales de Clint Eastwood, que acababan por representar al último justiciero o al último mohicano, quién sabe.


Los salvadores de la moral y de los buenos principios ya no saben dónde esconderse. Se les acabaron las cuartadas. Pero nunca les hizo falta.


Los criminales reconocidos nunca nos cayeron bien, pero los sanguinarios en nombre de la libertad a mí me producen vómitos.


Será que me hago mayor pero pasan los días y cada vez entiendo menos las crónicas del día. La desertización se expande en mi calvicie, en clara pugna con las canas que también asoman reivindicando sus méritos. Pierdo la vista y me falla el olfato; me traicionan los reflejos y se blandea la memoria. El oído se estampa con la tapia y la voz se va quedando muda.


Se invirtieron tantas cosas...


Pero seguiré soliviantando a las amnesias, a los olvidos, a las traiciones, a los cruces de calles y a los cambios de orillas.


Aunque quede solo, mudo, ciego, sin saliva y sin lágrimas...


Aunque no sepa nada porque no sé nada.


Con lo que cuesta cambiar de criterios, de moral, de pensamientos, y la sensación de quedarse uno como en babia, en fuera de juego, cortado por los acontecimientos y perdido sin retorno.


Definitivamente, no sé nada.














martes, 3 de mayo de 2011

EL ERMITAÑO

Hace mucho tiempo que un hombre de sabio conocimiento me comentó que el ser humano, zarandeado por prisas que nos traen y nos llevan, necesita de vez en cuando un recogimiento. La vida social es muchas veces un perfecto refugio para aplacar las limitaciones propias. Rodeados de gentes se disimulan más las carencias.


Los colectivos, grandes o pequeños, absorven las individualidades. Reivindicar la propia esencia en los grandes grupos tiende al fracaso, a no ser que el liderazgo carismático o la astucia camuflada tengan mayores intereses.


Viene bien que, de vez en cuando, alguien se recluya en sí mismo, como los viejos ermitaños. Las relaciones interpersonales son necesarias, porque dicen que el distintivo humano es su sociabilidad. Por eso recuerdo con nitidez lo que decía este samaritano.


Refúgiate en la soledad una temporada. Tú, con la única compañia de tu otro yo. Desprovisto de tecnologías, comodidades, elementos superfluos que en la vida cotidiana nos parecen imprescindibles, desnudo de recursos y apoyos incondicionales.


Sólo entonces veremos el umbral de nuestro interior y nos asomaremos a su abismo. Nuestro monólogo será una conversación sincera, sin tapujos, con nosotros mismos; sin misterios, sin ayudas, sin trampas.


Quizás sirva para conocernos mejor, blindar nuestros límites y recargar pilas de modestias y humildades.


Quizás entonces sepamos un poco mejor la pregunta del millón y casi nunca resuelta: ¿Adónde vamos, qué hacemos, por qué, para qué, para quién?


Y si no podemos contemplar una soledad ermitaña bien nos vale un minuto, sólo un minuto al día, para la reflexión, la parada, el resoplo, el suspiro y la mirada al horizonte.


También quizás caminaremos mejor con el reflejo de nuestro propio espejo.


Músida sugerida: SOLEDAD. Jorge Drexler